Daneskíu Domínguez además de moldear el barro,
moldea la formación de niños, jóvenes y adultos

• Sus obras han trascendido las culturas huasteca, totonaca y olmeca, con las reproducciones realizadas de caritas sonrientes y cabezas olmecas, entre otras.

Irineo Pérez Melo.- Además de moldear el barro, el maestro Daneskíu Domínguez Meléndez, ha moldeado la formación profesional de un sinnúmero de personas, tanto niños, jóvenes y adultos, principalmente mujeres de las zonas indígenas de la entidad, en donde muchas de ellas, abrevaron de sus conocimientos, conjuntándolos con sus técnicas tradicionales, para la elaboración de sus trabajos artesanales.
Con más de 30 años de iniciarse en el conocimiento de la alfarería en los Talleres de la Escuela Normal Veracruzana, con el profesor José Vargas Calzada, de la que dice que llegó ahí por “cuestiones de la vida”, quien empieza a ponerme a moler el barro “y empieza a gustarme, empiezo a ver algo diferente, algo que puedo hacer, con mi imaginación y con mis manos, y que al final de cuentas es alfo del antepasado”.
Con el respaldo de su padre, “quien fue el principal impulsor para decidirme por las artes”, a pesar de que la estigmatización que la sociedad tiene por esta profesión, que piensa que no tiene futuro y que se moriría de hambre, lo cual no le importó y se inscribió en la Facultad de Artes Plásticas de la Universidad Veracruzana, de donde se graduó en la opción de cerámica.
“Yo siempre he dicho que todos tenemos esa parte de las Artes Plásticas, en uno mismo. Cuando somos niños siempre jugamos con tierra; nos ponen a dibujar, cuando rayamos la pared, entonces esto ya es algo natural, y desarrollarlo es mucho mejor”, añade en entrevista.
Recuerda sus inicios en el taller de Alfarería de la Escuela Normal Veracruzana y refiere: “la que yo conocí, es esta de ir y traer la tierra, echarle 30% de arena, hacerle un raspado, hacer la plastilina, el amasado y de ahí elaborar la figura, esperar a que se seque y mandarlo al horno de leña para quemarlo” y lo compara con la de la Facultad de Artes Plásticas, que era muy diferente. “Aquí ya era comprado el material, era traído el barro de Oaxaca; los hornos eran eléctricos, que muchas veces la Facultad no los costeaba o simplemente no servían, entonces muchas veces dificultó el aprendizaje”.
Ya inscrito en la carrera de Artes Plásticas opta por la escultura y la cerámica la deja a un lado, peo sigue en la alfarería, de la que nunca dejó de producir y producir. “Lógicamente eran reproducciones: caritas sonrientes, cabezas olmecas, chimeneas, braceros, entre otros”, añade.
Y explica que la alfarería en su totalidad, al final de cuentas el barro lo mueve uno como quiere, esa es la cuestión del barro; ese es mi fuerte, porque uno juega con él y el barro es muy celoso.
“En ese sentido lo digo como alfarero, hay que tener carácter, hay que tener esa parte de humor, para agarrar el material, la arcilla, porque si no muchas veces no se dan las piezas”.
“Tengo experiencia en eso, porque el maestro nos decía: es que el (manejo del) barro es con calma, el barro es estar tranquilo y ya él me enseñaba, yo por más que quería sacar una pieza, se partía o simplemente no salía, hasta que me calmaba o mejor me retiraba y al otro día regresaba, tomaba la pieza y la pieza salía por sí misma. Son factores que uno muchas veces no comprende, pero que al final de cuentas, es su naturaleza, nosotros somos parte de: energía o sea los elementos, tierra, agua, fuego. En fin”.
En su larga trayectoria como artista plástico y al obtener una plaza de maestro de Telebachillerato, lo asignan en la comunidad de Chicontepec, lo cual lo ve como un reto, porque llega a una zona donde se asienta una cultura originaria, con una amplia tradición en la alfarería, en donde tuvo la oportunidad de aprender, además de hacer sus piezas.
Posteriormente, es adscrito a Tantoyuca y empiezo a comprender todo lo que es el estado de Veracruz, sus regiones Olmecas, Totonacas y Huasteca, entre otras y las empiezo a estudiar. Allí me contactan del Instituto Nacional Indigenista para dar clases a (personas de) comunidades de alfareras de Tecomate y El Gallo Chopopo, “pero más que ir a dar clases yo aprendí de esa gente, quienes hacían una sola pieza: ollas, chiquitas, grandotas, de formas perfectas y su estilo de quemado, en donde no se necesitaban hornos, simplemente quemaban la pieza a la cual le echaban atole de maíz crudo que ahí mismo se cocía, para después dárselo a los niños.
Después, lo cambian de adscripción y lo ubican en el Telebachillerato de la comunidad de Pueblillo, municipio de Papantla, en donde tiene comunicación con el maestro Teodoro Cano, quien lo invita a la Casa de la Cultura e implementa un pequeño tallercito de alfarería, en donde tuvo un grupo de alumnos sobresalientes, como es el caso de Silvia Hernández Castaño.
“Ella me ha superado en gran medida, pero que guarda un reconocimiento hacia un servidor, pues las piezas que ha hecho se exponen en el Vaticano. Esas son de las experiencias que se queda uno. Esta parte que estamos platicando, el enseñar enseñar, no quedarte con lo aprendido, sino divulgarlo y es lo que hago”, refiere por último.

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